Carta del Prelado (enero 2014)

Aún resuenan en nuestra alma, en esta tierra nuestra, las palabras de los ángeles a los pastores de Belén, que hemos meditado en la pasada Navidad: gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace[1]. La glorificación de Dios por la encarnación y el nacimiento de su Hijo Unigénito se encuentra indisolublemente unida a la paz y fraternidad entre las criaturas humanas. Si podemos y debemos llamarnos hermanos, se debe concretamente a que todos somos hijos de un mismo Padre, Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, y porque el Verbo divino, al encarnarse como Cabeza de la humanidad, nos ha rescatado del pecado otorgándonos el don de la filiación divina adoptiva. Esta es la gran noticia que el ángel anunció en Belén no sólo a los hijos de Israel, sino a todos los … Continuar leyendo