Carta del Prelado. Octubre2016

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Mañana celebramos, con la Iglesia y en la Iglesia, la conmemoración litúrgica de los Santos Ángeles Custodios, solemnidad en la Prelatura porque —en esa fecha de 1928— la Trinidad sembró en el alma y en el corazón de nuestro Fundador una semilla destinada a fructificar en millares y millares de gentes de toda lengua y nación. En repetidas ocasiones, san Josemaría comentó que siempre resonaban en su alma las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, que hacían muy actual —hasta su tránsito al Cielo— el deber de hacer el Opus Dei con la fuerza del año 1928, y luego de 1930. Pido al Señor que cunda en nuestra conducta esa misma responsabilidad, porque cada una y cada uno es la continuidad.

Una vez más se ha cumplido la … Continuar leyendo

CARTA PRELADO. SEPTIEMBRE 2016

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Ha llegado septiembre, y la Iglesia, Madre y Maestra, nos invita a adentrarnos más en los frutos de la redención. El día 14, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, nos recuerda que el madero santo en el que el Señor ofreció su vida por la salvación del mundo es un trono de triunfo y de gloria: cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí[1]. Y en la fecha posterior, memoria de María al pie de la Cruz, se nos pone con fuerza ante los ojos que la Santísima Virgen, nueva Eva asociada con Cristo, el nuevo Adán, colaboró excelsamente en la salvación de las almas. Contemplando con fe la Cruz, vemos que «el instrumento de suplicio que mostró, el Viernes Santo, el juicio de Dios sobre el … Continuar leyendo

Carta Prelado, agosto 2016

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

El 15 de agosto de 2007, Benedicto XVI, mencionando la Antífona de entrada de la Santa Misa —se apareció en el Cielo una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza[1]—, comentaba que esa mujer «es María, que vive totalmente en Dios, rodeada y vestida de sol, es decir, de Dios (…). Está coronada por doce estrellas, es decir, por las doce tribus de Israel, por todo el pueblo de Dios, por toda la comunión de los santos, y tiene bajo sus pies la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad (…). Así, en la gloria, habiendo superado la muerte, nos dice: ¡ánimo, al final vence el amor! En mi vida dije: “¡he aquí la esclava del Señor!”. En … Continuar leyendo

Carta Prelado, julio 2016

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

A lo largo de estos meses, nos estamos esforzando por situar en primer plano la práctica de las obras de misericordia. Consideremos hoy una a la que Jesucristo se refiere expresamente al trazar el programa del caminar cristiano, las bienaventuranzas. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados[1].

Se trata de una obra de misericordia que, como el perdón de las ofensas, nos permite parecernos más a Dios, imitarle. Ya en el Antiguo Testamento, el Señor había anunciado: como alguien a quien su madre consuela, así Yo os consolaré[2]. Y Jesús, en la última cena, manifiesta esa consolación del modo más perfecto posible, pues promete el envío del Espíritu Santo, la Persona divina a la que se atribuye —por ser el Amor subsistente— la misión de consolar a los … Continuar leyendo

Carta Prelado, junio 2016

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Han transcurrido dos semanas desde la Ascensión de Jesucristo al Cielo y resuenan todavía en nosotros sus últimas palabras en la tierra: id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura[1]. Contamos con la asistencia del Espíritu Santo, que el Señor envió a los Apóstoles en el Cenáculo y que sigue animando a la Iglesia, como en una nueva Pentecostés[2]. Había prometido: el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho[3]. Y cumplió su promesa. Nos toca a nosotros, que somos discípulos suyos, llevar por todo el mundo, con nuestra palabra y nuestro ejemplo, el mensaje de salvación que ha confiado a los cristianos.

Éste, y no … Continuar leyendo

Carta Prelado, mayo 2016

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Comienza el mes mariano por excelencia, en el que procuramos situar la devoción a la Virgen en el centro de nuestras jornadas. Muchos de nosotros recordaremos las prácticas aprendidas en la infancia: oraciones dedicadas a nuestra Madre —quizá el rezo del rosario en familia—, ofrecimiento de pequeños sacrificios, adornos florales junto a las imágenes de Santa María…; por eso, sugiero a los padres y madres de familia que viváis estos gestos, llevando con vosotros a vuestros hijos pequeños. Os ayudará leer y meditar lo que el Santo Padre escribe sobre el trato entre los miembros de la familia, en su reciente exhortación apostólica.

Comportémonos así también, siguiendo las sugerencias y consejos de nuestro Padre, para que sea responsabilidad de todas y de todos “hacer hogar” en la Obra, conscientes … Continuar leyendo

Carta del Prelado, abril 2016

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Nos hemos conmovido una vez más, durante la Semana Santa, ante el amor de Dios por los hombres. Tanto amó Dios al mundo —escribe san Juan— que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él[1].

¡Cuántas gracias hemos de dar a la Trinidad Santa por este derroche de bondad y misericordia! Más aún si consideramos que Cristo, cuando todavía nosotros éramos débiles, murió por los impíos en el tiempo establecido[2]. La pasión y muerte del Señor constituye el culmen del compromiso que Dios, libremente, quiso contraer con la humanidad. «Su primer compromiso fue el de crear el … Continuar leyendo

Carta del Prelado. Marzo 2016

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hace pocos días, administré el sacramento del diaconado a seis hermanos vuestros, Agregados de la Prelatura, que más adelante recibirán el presbiterado. Uníos a mi acción de gracias por este don del Cielo, y pidamos a Dios que no falten —en la Iglesia y en la Obra— ministros fieles, que se ocupen única y exclusivamente del bien de las almas. Aprovechemos este Año de la misericordia para intensificar nuestras súplicas por la Iglesia y el mundo, muy unidos al Papa.

«La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre, haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo … Continuar leyendo

Carta del Prelado (febrero de 2016)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Dentro de poco, al comenzar la Cuaresma, resonará de nuevo el clamor del profeta, que nos habla de parte del Señor: convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto y con lamento. Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos. Convertíos al Señor, vuestro Dios, porque es clemente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia[1].

La invitación a un cambio hondo cobra particular actualidad en el Año de la misericordia, tiempo especial de gracia para la humanidad entera. Y qué confianza y seguridad nos produce saber que el Señor está dispuesto a darnos la gracia siempre, y especialmente en estos tiempos; la gracia para esa nueva conversión, para la ascensión en el terreno sobrenatural; esa mayor entrega, ese adelantamiento en la perfección, ese encendernos más[2].

A … Continuar leyendo

Carta del Prelado (enero de 2016)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Nos llenamos de gozo al rezar en la antífona de entrada de la Misa de hoy: Salve, sancta Parens…; salve, santa Madre de Dios, porque has dado a luz al Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos[1]. Nos causa una enorme alegría confesar nuestra fe en la Maternidad divina de María, raíz de los demás privilegios con los que la Trinidad adornó a Nuestra Señora. Dios la creó inmaculada y la colmó de la gracia, para que también su cuerpo virginal estuviese como predispuesto para engendrar al Hijo de Dios en la carne[2]. ¡Qué maravilla! Bien podemos decir a la Madre de Dios y Madre nuestra: ¡Más que tú, sólo Dios![3].

Comprendemos el entusiasmo de los cristianos de Éfeso, ciudad donde se celebró el Concilio ecuménico que … Continuar leyendo